23 abr. 2006

Rafael Sanchez Ferlosio siempre tan acertado,aunque largo. Las flechas que llevan su mensaje tardan mucho en llegar.

El certero y hoy ya casi olvidado hallazgo de Mac Luhan de que "El mensaje es el medio" se ha venido cumpliendo en un grado y hasta en unas formas que nadie, tal vez ni el propio autor, se habría atrevido en su tiempo a imaginar. La generalidad y la extensión mundial del uso, sin comparación posible con las de otro medio alguno, han hecho de la televisión el lugar máximo del experimento y de las transformaciones. Parto, pues, de este medio, al que hemos visto en plena actividad y hemos podido observar cómo ha venido -y casi no es hipérbole- "comiéndose el mundo"; el mundo, con su papa.(...)

En su visita a Santiago de Chile, en tiempos, tadavía, de Pinochet -según cuenta Ariel Dorfman-, también hizo una gran convocatoria para un auditorio específico; esta vez fueron los jóvenes y adolescentes. En un momento de la alocución, el papa, elevando el nivel de decibelios, les hizo tres preguntas. La primera: "¿Renunciais a los demonios de la avaricia?", era perfectamente vana, porque él tenía que saber sobradamente que aquellos jóvenes y adolescentes estaban todavía tan alejados, por la edad, de la tentación y aun de la mera posibilidad de enriquecerse, que la avaricia les era cosa totalmente ajena e indiferente. Algo más clamoroso fue el sí a la segunda pregunta: "¿Renunciais a los demonios de la violencia?", porque con ser, respecto de ellos, casi igualmente ociosa y prescindible, tenía un sentido más cercano y más pregnante. Pero Juan Pablo II, anticipando esas dos preguntas tan gratuitas, sin interés para él ni para el auditorio, por la obligada y previsible obviedad de la respuesta, se había estado preparando mediante la secuencia de dos síes garantizados, una especie de pendiente o tobogán que hiciese precipitar, como un automatismo, el que realmente le importaba: "¿Renunciais a los demonios del sexo?", preguntó, pero he aquí que de pronto la escopeta le hizo chapi; sorprendentemente, los muchachos tuvieron la rapidez de reflejos suficiente para no dejarse coger desprevenidos por la innoble trampa que les había tendido el papa, y en lugar del tercer sí, que venía ya rondando cuesta abajo acelerado por la inercia de los dos primeros, contestaron, "sin la menor vacilación" -dice Ariel Dorfman-, "¡Nooo!". Esto fue en abril de 1987, en el Estadio Nacional de Santiago, donde había juntado un auditorio de cien mil muchachos. (...)



Acaso lo más sórdido y más inmoral del cristianismo sea el culto y el cultivo del dolor por el dolor como valioso en sí mismo y por sí mismo, tan vinculado a la impura noción de "capital moral". El 2 de marzo de este año, en este mismo diario, apareció el que hasta hoy ha sido tal vez el mejor chiste de El Roto (y pido excusas por la ausencia del dibujo, que también importaba): Había uno que decía: "Entonces, ¿el sufrimiento también es una inversión?"; y el otro contestaba: "¡Pues claro!".

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